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Magallanes

Reflexiones de un triunfo arrollador

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Por Rodolfo Saldivia Lillo.
Abogado

El triunfo histórico de José Antonio Kast con 7 millones de votos, -algo que no se ha visto durante toda la historia republicana-, y las fuerzas subterráneas correlativas a dicho éxito, reflejan un cansancio institucional, una fractura élite–pueblo, y un nuevo clivaje que ya no pasa por el eje del “si” y el “no”, sino que esta nueva etapa se explica por el nuevo mapa político a raíz del 2019. Hubo un hastío de la población con el gobierno del frente amplio y socialismo democrático, junto a una crisis general de las finanzas públicas y la pérdida de relato de un gobierno, que se esperaba sacara al país del letargo institucional post estallido, que hicieron que las derechas dieran un golpe democrático en las urnas.

A ello se sumó los resquemores que generan los gobiernos liderados por el partido comunista en el mundo y la recuperación de la vieja tesis portaliana de fortalecer instituciones y gobernar en forma autoritaria. En su análisis, el exministro Pablo Longueira fue más allá del cambio de administración y situó la elección presidencial como un hito estructural, un cierre de una etapa. El cierre de la transición chilena. Se votó a una persona que votó que Sí. Según él, las decisiones políticas actuales ya no están determinadas por el eje Pinochet–antipinochetismo, sino por las urgencias de hoy. Pero su ánimo de celebración frente al “nuevo ciclo político y social” no solo responde al triunfo de Kast por sí mismo. Y es que para él “Esta es la generación que tiene que entender que es la generación de Jaime Guzmán que llega a gobernar. Los ‘Guzmán boys’. Todos nos conocemos. No conozco a ningún republicano que no haya estado en la UDI”, agregó.

Desde otra vereda, la de los perdedores, Giorgio Jackson situó el estallido social de 2019 como la cúspide de un proceso de movilización que abrió una “disputa interpretativa” aún no resuelta en la política chilena. Ubicó el proceso constitucional de 2022, al que califica como el intento más ambicioso por traducir institucionalmente el malestar social, pero cuyo doble fracaso atribuye a factores políticos, culturales y comunicacionales. El exministro es especialmente crítico con el desempeño de la Convención Constitucional, a la que describe como una prolongación simbólica del estallido social, marcada por expresiones identitarias, performances y episodios que terminaron generando una profunda brecha con la ciudadanía. En el plano del gobierno, Jackson identifica una serie de “errores evitables” que, a su juicio, dañaron la gestión y la imagen del Ejecutivo. Entre ellos enumera señales erráticas en la conformación inicial de la coalición, su propio rol en la Segpres, la frustrada visita a Temucuicui, el manejo de los indultos presidenciales, el rechazo de la reforma tributaria, la fallida compra de las casas de los expresidentes Aylwin y Allende, y los errores en la metodología de cálculo de las tarifas eléctricas que derivaron en la salida del ministro Pardow. Dos episodios, sin embargo, merecen para Jackson una atención especial: el caso Convenios y el caso Monsalve. Sobre el primero, reconoce un problema grave de probidad y redes de confianza mal gestionadas, y admite que el episodio marcó de manera decisiva la gestión posterior del gobierno, tanto en su relación con el tercer sector, como en la narrativa pública. Respecto al segundo, afirma que fue manejado “de inicio a fin de manera errática”, generando un fuerte cuestionamiento político al Ejecutivo y tensionando los principios feministas que el gobierno había levantado como bandera.

Me parece que su diagnóstico si bien es acertado, creo que queda corto. El derrumbe de cierto sector del poder judicial en manos de la corrupción con los casos de ministros de la Corte suprema en problemas judiciales -la trama bielorrusa- y en su oposición el discurso de Kast, quien encarna valores republicanos -un poco a la usanza de Ricardo Lagos desde la vereda de la derecha- abrieron el escenario de volver a recuperar la confianza en la política y en una política de valores, con una mano firme en el combate a la delincuencia. El tono en el discurso de aclamación una vez ganada la elección, hizo fortalecer también su activo político republicano y su transversalidad ideológica.

Otro elemento que explica la elección es que hoy ya no hay lucha generacional. No hay una disputa en ese escenario, a diferencia de la elección pasada. Ni un discurso de inocencia en el poder por parte de la izquierda con los casos de corrupción aparecidos en su gobierno. Cuestionar la matriz productiva, hizo daño otro tanto, a dicho sector. La economía del país real, de la calle, con informalidad y desempleo altísimo hizo que la izquierda woke perdiera totalmente la quilla del buque. El voto de Parisi capturó también ese rechazo a la elite gobernante. Y el voto de Kaiser también hizo lo propio haciendo que se vislumbre que el país quiere una derecha distinta, más ideológica. La izquierda, y sus analistas exigen hoy que amplíen su “caja de herramientas” para leer lo que demandó Chile en esta elección. Y es que el discurso moralizante de Giorgio Jackson y Fernando Atria hizo que cayeran en un precipicio complejo.  Los frenteamplistas jugaron mucho tiempo a la utopía. La semana pasada les tocó perder el poder y con ello sus privilegios.

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