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Magallanes

1° de Mayo: Desde la Matanza de Santa María a la Era de los Robots, ¿Sigue viva la lucha obrera?

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Por: Jonathan Cárcamo Gómez
Profesor diferencial y concejal por la comuna de Punta Arenas.

El amanecer del 21 de diciembre de 1907 no trajo esperanza a Iquique. Fue una mañana helada, no solo por el clima del desierto costero, sino por el silencio tenso que precede a una tragedia. En la Escuela Santa María, miles de obreros del salitre —hombres, mujeres y niños— se refugiaban, esperando una respuesta del gobierno a sus demandas: pago en moneda real, descanso dominical, dignidad. La respuesta llegó en forma de fusiles. Más de dos mil murieron bajo las balas del Ejército. La tierra salitrera quedó empapada no solo en sangre, sino también en memoria.

Pasan los años, cambian las herramientas, las fábricas y los uniformes, pero la pregunta sigue abierta: ¿para qué y para quién trabajamos?

En este 2025, la lucha obrera no tiene rostro de obrero con casco y overol, sino de jóvenes frente a pantallas, freelancers sin contrato, repartidores que no conocen a sus jefes y psicólogos del sistema público que ganan menos que un cajero automático. Lejos de estar muerta, la lucha obrera ha mutado, adaptándose a la era del algoritmo.

Los antiguos pampinos pedían lo básico: un salario justo, descanso, trato humano. Hoy, en las oficinas digitales del “Silicon Valley chileno”, los trabajadores reclaman algo sorprendentemente similar. Se resisten a contratos fraudulentos disfrazados de independencia, a pagos en criptomonedas corporativas, a jornadas sin límite disfrazadas de flexibilidad. El Instituto Nacional de Estadísticas lo confirma: el 38% de los nuevos empleos son “atípicos”, con nula seguridad social y horarios volátiles.

Pero también hay señales de rebelión. El año pasado, los trabajadores del retail paralizaron por 30 días, y lo lograron: el primer contrato colectivo en ese sector, beneficiando a más de 120 mil personas. En marzo, los repartidores de apps obtuvieron la aplicación del Estatuto del Teletrabajo, asegurando derechos básicos como desconexión y pago de horas extra. Pequeñas victorias que cargan ecos de Iquique.

Desde La Moneda, el Gobierno 2025 impulsa una agenda laboral que combina avances concretos con debates pendientes: el proyecto de ley de jornada 4×3 (actualmente en fase piloto en empresas estatales), la reforma al sistema de pensiones que redujo los multifondos a dos opciones, y el discutido ‘impuesto a la automatización’ —aprobado en primera instancia pero aún sin implementación— que busca gravar a empresas que reemplacen más del 15% de su fuerza laboral con tecnología. Estas iniciativas, aunque prometedoras, enfrentan resistencias empresariales y desafíos en su aplicación efectiva.”.

Pero las heridas siguen abiertas. El salario mínimo, aún en $520.000, no alcanza para cubrir una canasta básica familiar que ya supera los $800.000. La negociación ramal —clave para equilibrar el poder entre trabajadores y grandes empresas— sigue estancada en el Congreso. Y los “trabajos zombis”, aquellos empleos formales que no alcanzan para vivir, afectan hoy a uno de cada cuatro jóvenes.

Hoy los mártires no están en las salitreras. Están en las calles, en las plataformas digitales, en las casas donde mujeres cuidan sin contrato ni horario. Están en los hospitales donde profesionales de salud mental trabajan a destajo. Son los nuevos rostros de la precariedad.

Este 1° de mayo, mientras unos marchen bajo banderas y otros entreguen pedidos sin feriado ni derechos, conviene recordar que no hay progreso sin memoria. Luis Emilio Recabarren lo dijo frente a los cadáveres de Iquique: “Estos mártires no murieron para que otros vivan en lujo, sino para que todos vivamos con justicia.”

¿Sigue viva la lucha obrera? Sí, pero ha cambiado de piel. Ahora lleva chaleco reflectante en vez de overol. Publica en redes en vez de repartir panfletos. Y grita, como ayer, que no vinimos al mundo a vivir para trabajar, sino a trabajar para vivir.

En un país donde el 10% más rico concentra casi la mitad de los ingresos, el mejor homenaje a los caídos en Santa María no es una ceremonia ni una ofrenda floral: es no retroceder. Ni un paso atrás.

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