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Columnista

Evelyn Gómez: ¿Qué hay de malo en la felicidad?

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Es una pregunta que nos desconcierta, porque la pregunta es tan extraña como preguntar qué hay de cálido en el hielo. Se piensa que en sí misma la felicidad no tiene nada de malo, pero una sociedad como la nuestra –neoliberal- nos lleva a buscarla estableciendo dinámica de consumo incesantes. Tener el poder adquisitivo para comprar lo que queramos, no nos indica que seamos felices.

Es probable que muchas personas piensen que, mientras mayor sea el crecimiento económico de un país, este será más feliz o tendrá mayores niveles de felicidad. Pero no podemos dar por sentado que exista tal relación. El discurso utilizado por los políticos que relaciona incuestionablemente la felicidad, el crecimiento económico y la seguridad, no es tan evidente, ni verdadero.

El problema de base, es que para ir en camino a la anhelada felicidad en el contexto económico y social de consumo en el que vivimos, debemos participar de extensos horarios dentro de un trabajo, que nos guste o no, implica una actividad absorbente que nos consume la energía, castiga los nervios y nos produce enfermedades mentales que tarde o temprano, nos harán gastar lo que producimos trabajando para hacernos felices, en atenciones médicas y antidepresivos.

Es crucial que nos reenfocarnos y comprendamos que los bienes más importantes para la Felicidad humana no tienen precio y tampoco se venden en las tiendas. Realmente, ahí no está la felicidad. Sucede que uno se distrae comprando y los objetos nuevos, soñados y deseados, producen una satisfacción tan potente, luminosa y efímera, como el destello del flash fotográfico.

Aun cuando tengamos mucho dinero, no podremos ir a las tiendas para hallar el amor y la amistad, los placeres de la vida hogareña, la satisfacción de cuidar a algún ser querido o ayudar a algún vecino en dificultades, la autoestima que nace de hacer bien el trabajo, el aprecio, la solidaridad y el respeto a nuestros compañeros de trabajo y a todas las personas con las que nos relacionamos. Teniendo dinero, tampoco podremos encontrar en las tiendas un antídoto para salvarnos de la soledad, la humillación, el rechazo y el desprecio.

Buscar la felicidad en lo que consumimos, es creer en un sello que se rotule más o menos así: “libre de grasas, libre de sodio, alto en felicidad”. Ocupar el tiempo intentando ganar el dinero suficiente para comprar los bienes aparatados en las tiendas implica perder oportunidades únicas en la obtención y disfrute de los bienes no comerciales, que no están a la venta y que si nos conectan con la felicidad.

Las opiniones vertidas en este espacio son responsabilidad de quienes las emiten, y no representan necesariamente el pensamiento, creencia o criterio de El Magallánico. No obstante, son valoradas, respetadas y aceptadas con una mirada pluralista, abierta al diálogo y al entendimiento con el cual se ha nutrido históricamente esta región, gracias a la riquísima diversidad de su gente.
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