Apuntes
Se me vino a la memoria: El ovejero patrimonio de la Patagonia que se resiste a desaparecer
Durante más de un siglo, su figura recorrió las estancias de Magallanes junto a caballos y perros entrenados para dominar la inmensidad de la pampa. La modernización transformó su oficio, pero no logró borrar su lugar en la identidad regional.
Hubo un tiempo en que bastaba recorrer unos pocos kilómetros por los campos de Magallanes para encontrar una de las imágenes más representativas de la Patagonia: el ovejero montado a caballo, protegido por su poncho y con la boina calada para enfrentar el viento, siempre acompañado por sus perros.
Su silueta, recortada contra la inmensidad de la pampa, fue durante décadas parte cotidiana del paisaje rural. Más que un trabajador ganadero, el ovejero se convirtió en un profundo conocedor del territorio, de sus cambios climáticos, de las rutas entre los campos y del comportamiento de los animales bajo condiciones extremas.
Un oficio forjado por el viento
La historia del ovejero está estrechamente ligada al desarrollo de la ganadería ovina, actividad que transformó la economía y la organización territorial de Magallanes desde fines del siglo XIX.
Las grandes estancias de San Gregorio, Tierra del Fuego y Última Esperanza necesitaban trabajadores capaces de conducir rebaños, resistir largas jornadas y enfrentar temporales, nevazones, aislamiento y soledad.
El oficio exigía resistencia física, paciencia y una conexión particular con la naturaleza. El ovejero debía reconocer el terreno, anticipar los movimientos del ganado y actuar en medio de un paisaje donde las distancias parecían no terminar nunca.
A su lado estaban los perros, compañeros silenciosos e indispensables. Entrenados mediante silbidos, voces y gestos mínimos, eran capaces de reunir y conducir cientos de ovejas. Entre el hombre y el animal se construía una complicidad nacida del trabajo diario, difícil de explicar para quien nunca conoció la vida en las estancias.
El jinete, sus perros y el horizonte abierto terminaron formando una de las postales más reconocibles de Magallanes.
El monumento que inmortalizó al ovejero

La importancia de esta figura quedó expresada en uno de los monumentos más emblemáticos de Punta Arenas.
La primera versión del Monumento al Ovejero fue inaugurada en 1944, en el sector de avenida Manuel Bulnes con José Menéndez, como homenaje a los trabajadores anónimos que ayudaron a levantar la actividad ganadera regional.
Décadas más tarde, la obra fue reemplazada por una nueva composición escultórica, inaugurada en 1994 y creada por el artista chileno Germán Montero.
El conjunto representa al ovejero acompañado por su caballo, sus perros y un grupo de ovejas. La obra no solo recuerda un oficio, sino que también resume parte de la historia económica, humana y cultural de la región.
Actualmente, el monumento es uno de los lugares más fotografiados de Punta Arenas y una parada habitual para quienes buscan acercarse a los símbolos tradicionales de la Patagonia.
De las herraduras a las cuatrimotos

El paisaje productivo de Magallanes cambió. La disminución de la masa ganadera en algunos sectores, las transformaciones de las estancias, los nuevos sistemas de administración y la incorporación de tecnologías modificaron profundamente el trabajo rural.
El ovejero tradicional no desapareció por completo, pero dejó de ser aquella figura dominante que marcaba el ritmo de los campos.
Hoy es más frecuente observar a trabajadores desplazándose en camionetas, motocicletas todoterreno o cuatrimotos. Las radios, los sistemas de comunicación, los cercos eléctricos y otras herramientas permiten desarrollar labores que antiguamente dependían casi exclusivamente del caballo, los perros y la experiencia acumulada.
La tecnología hizo el trabajo más rápido y, en muchos casos, más seguro. Sin embargo, también fue desplazando algunas imágenes, sonidos y costumbres que durante generaciones definieron la vida en la pampa.
Una huella que no se borra
Pese a esas transformaciones, el ovejero continúa vivo en la memoria de Magallanes.
Permanece en las fotografías antiguas, en los relatos familiares, en las conversaciones alrededor del fogón y en las historias de quienes conocieron las estancias cuando la vida rural se medía por las estaciones, los arreos y las esquilas.
También sigue presente en la música regional, en las jineteadas, en las fiestas costumbristas y en las vestimentas que evocan una época en que el trabajo y la identidad parecían confundirse con el mismo paisaje.
El avance de los tiempos amenaza con hacer desaparecer numerosos oficios tradicionales que contribuyeron al desarrollo económico y social de Magallanes. Pero una cosa es que una labor se transforme y otra muy distinta es que su historia sea olvidada.
El ovejero, su caballo y sus perros ya no recorren la pampa con la misma frecuencia de antes. Sin embargo, permanecen como símbolos de esfuerzo, resistencia y pertenencia.
Porque hay figuras que dejan de formar parte de la vida cotidiana, pero nunca abandonan la memoria de un territorio. Y en Magallanes, ni el viento austral ni la modernidad han conseguido borrar la huella del ovejero.




