Apuntes
D’Oc: homenaje a un genio desconocido
Por Patricio Paretti
Artista Visual, Diseñador y Gestor Cultural
Seguramente no sepas quién fue Luis Enrich Font, y tampoco hayas escuchado su nombre artístico: Enrich D’Oc. A tus abuelos y a tus padres es posible que tampoco les suene ese enigmático nombre. No obstante, ten por seguro que, sin saberlo, conocieron su obra; y que esta los llenó de alegría, entretención y conocimiento mientras pegaban láminas con una goma líquida amarilla o engrudo; especialmente si ya lucen canas prominentes o una orgullosa calva.
Se trata del artista catalán de origen francés, asentado en Chile, que desde los 60’s hasta fines de los 80’s fascinó a generaciones de niños con sus álbumes educativos, convirtiéndose en un divulgador por excelencia. D’Oc dibujaba y pintaba como los dioses ¡y en tiempo récord! En una época sin soportes digitales, su mente y manos eran una máquina de producir imágenes con un talento y eficiencia como pocas veces se ha visto en nuestra historia editorial chilena.
Flora y Fauna, ¡un exquisito registro naturalista! Tantas especies retratadas con lujo de detalles. Historia del Hombre ¡oh, qué espectacular álbum! El artista se dio el tiempo de mostrarnos, con dibujos, desde las comunidades prehistóricas hasta los adelantos espaciales del siglo XX. ¿Y qué decir del Álbum enciclopédico Mundicrom: Historia de Chile, Geografía, el Cuerpo Humano…? Sin desmerecer la labor de los profesores de antaño, hay que reconocer que el aporte de D’Oc a la educación en Chile fue extraordinario. Con su lápiz, pinceles, reglas y plumones logró lo que pocos docentes podían: convertir hasta los temas más complejos en imágenes claras, instructivas y fascinantes.
Admirable también es el desafío técnico y de gestión que enfrentaron esas producciones, cuando no existían software de edición ni escáneres, y cada dibujo pasaba por un complejo proceso fotomecánico en imprenta. Cuando mover kilos de álbumes de un punto a otro era una proeza con escasas alternativas de traslado. Cuando la coordinación dependía de cartas desde Santiago que tardaban semanas, por lo que reposaba más en el ingenio propio de los equipos en terreno, ya que las vías inmediatas para informar cualquier impase eran sólo el telégrafo o algún teléfono público. Cuando no existían herramientas de marketing digital ni la posibilidad de enterar a todo el mundo de un lanzamiento. Cuando se trabajaba con presupuestos acotados, todo era análogo, laborioso y demandante, y nada estaba al alcance de un clic. A pesar de aquellas limitaciones propias de sus tiempos, esos álbumes siempre llegaron a las manos de la mayoría de los niños de Chile, y cumplieron con el fin superior: llenarlos de alegría y conocimiento.
La aventura de coleccionar
Apenas entraba algún señor desconocido y con cara amable a la sala de clases, sosteniendo un maletín sospechoso demasiado abultado como para tratarse de un nuevo profesor con simples libros de texto, los niños ya olfateaban que algo bueno se venía. Se trataba de algún agente distribuidor, quien daba una breve charla que seguramente pocos escuchaban, más fascinados con los álbumes y sobres de muestra que repartía. Ese simple acto despertaba ricas emociones y marcaba el inicio de la aventura: coleccionar el nuevo álbum.
En los cursos que no tenían la suerte de recibir álbumes, igual se corría la voz y pronto los chicos ya estaban parapetados en los kioscos. Las interacciones de las siguientes semanas serían invaluables: el intercambio de láminas, la competencia a ver quién las daba vuelta y se quedaba con ellas (un juego entretenidísimo que desarrollaba una atípica habilidad en la palma de la mano, propia de magos). Y cómo olvidar la profunda sensación de triunfo al abrir un sobre y encontrar aquella lámina de la que se decía “esta no sale nunca”.
Completar un álbum era difícil, pero qué importaba. Lo primordial estaba en la experiencia intermedia, llena de diversión y sociabilización que, de paso, dejaba como resultado bastante conocimiento técnico y cultura general.

Una obra “interactiva”
El formato de álbum coleccionable con fines pedagógicos, introducido en la segunda mitad del siglo XX, trajo una nueva dinámica en la transferencia de conocimiento. Lo más precioso de su legado es que unió juego y aprendizaje, pues a diferencia de otros productos para colectores de tiempos pasados —como tarjetas ilustradas con fines de marketing entregadas por las tiendas o álbumes de estampillas (más orientados a adultos) —, en el álbum educativo no se trata de juntar láminas aisladas ni de sólo llenar espacios vacíos. Cada imagen tiene su contexto dentro de la página, sus líneas explicativas, su historia. De algún modo, fue una forma temprana de educación interactiva, mucho antes de las pantallas táctiles. El niño ya no era un lector pasivo de páginas con dibujitos aclaratorios como en cualquier libro o revista, sino parte de esa creación: sin su aporte de completarlas con las láminas, esas hojas perdían sentido.
En el caso de Enrich D’Oc, cada lámina era tan bonita que invitaba a su contemplación incluso si no te interesaba el tema. Fue, sin duda, un temprano estímulo para muchos en la apreciación del buen oficio gráfico y artístico en una imagen.
Actividad presente
Coleccionar un álbum de láminas (o de “cromos” como dicen en otros lugares) no es nostalgia, sino una actividad plenamente vigente en el siglo XXI. Si bien no todos abordan temáticas educativas, y quizás como producto editorial para niños no cuente con tanto protagonismo como antaño, se sabe: que el formato sigue siendo consumido de manera masiva hasta en 120 países, que hay años en que se llega a ventas de 700 millones de sobres a nivel global, y que hay álbumes específicos que han logrado el consumo de más de 5 millones de personas, según datos entregados por empresas como Panini y medios como La Vanguardia.
Las nuevas tecnologías han permitido cierto acabado distinto del producto, pero su lógica subyacente y estructura es la misma. Y era de suponer que una actividad tan entretenida y valiosa no se extinguiera así nomás, pues mucho se puede decir acerca de sus beneficios.
Fomenta la concentración, en cuanto el coleccionista debe prestar atención para identificar qué láminas le faltan, cómo organizarlas y cuidar su colección. Además, desarrolla la memoria, ya que el pequeño aprende a recordar las piezas que posee y las que necesita para completar el álbum. Este proceso también enseña a tomar decisiones, pues se debe evaluar si intercambiar una lámina por otra es conveniente, lo que implica un temprano análisis de opciones y consecuencias.
Desde el punto de vista del desarrollo cognitivo, ayuda a practicar la clasificación y el orden, habilidades fundamentales en la etapa de desarrollo intelectual. Estas estimulan la capacidad de abstracción, ya que al deducir ideas desde las láminas, el niño debe reflexionar sobre lo aprendido y el modo en que esto ha sido plasmado.
En contextos educativos, las láminas pueden utilizarse como herramientas para cerrar actividades de aprendizaje, promoviendo la reflexión y la consolidación del contenido temático trabajado en clases. Y cuando son diseñadas con imágenes claras y coloridas, facilitan el aprendizaje visual, haciendo que el proceso educativo sea más dinámico y entretenido. A saber, como los álbumes educativos suelen organizar la información jerarquizando eventos o datos importantes, refuerzan en el usuario la distinción entre lo relevante y lo secundario; habilidad muy necesaria de desarrollar en una era caracterizada por la dispersión.
El acto de completar un álbum también tiene un impacto emocional positivo, generando sentimientos de logro, especialmente cuando se consigue una pieza difícil de obtener. Esta motivación intrínseca puede alejar temporalmente a un niño de las pantallas y fomentar interacciones cara a cara, lo que contribuye a la sociabilización.
Homenaje
Por estos días en que en la región de Magallanes se está coleccionando el álbum Dinosaurios de la Patagonia Recargado seguramente resulte imposible para los más adultos no acordarse de los clásicos álbumes de su infancia. Y para quienes realizamos el proyecto es menester rendir homenaje a un gran artista como Enrich D’Oc (1915-2003). Tanta inteligencia, talento y amor por la educación, reunidos en una sola persona. Sin olvidar a otro que igualmente pavimentó el camino, como Santiago Peñailillo (1944-) (Icarito, La Guerra del Pacífico) quien, por cierto, también merece su propio artículo. Nada de lo que pudiéramos hacer equivaldría siquiera a un átomo de la magnificencia artística, educativa y de producción de esos colosos.
Para esos grandes genios del pasado con capacidades extraordinarias y que dedicaron su vida y talento a fomentar el conocimiento y regalarnos tanta diversión cuando niños, aquí este humilde reconocimiento. Cualquier elogio a su trabajo peca de insuficiente frente a tan maravillosa obra que realizaron.




