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Se me vino a la memoria: Cuando el invierno era otra cosa en Punta Arenas

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Fotos: Mi Antigua Punta Arenas

Hubo un tiempo en que el invierno no era solamente una estación del año en Punta Arenas. Era una forma distinta de vivir la ciudad. La nieve cambiaba las calles, alteraba los horarios, obligaba a caminar más lento y convertía cualquier pendiente en una pista improvisada. No había que organizar grandes panoramas: bastaba con mirar por la ventana, ponerse los guantes de lana y salir.

Quienes vivían en el barrio Sur o en el sector de Fitz Roy recuerdan cuando la nieve permitía cerrar la entonces calle Pedro Aguirre Cerda para lanzarse en trineo desde Manuel Rodríguez hacia Avenida España. Los más osados seguían hasta el Parque María Behety, aunque debían calcular bien la frenada para no terminar en el riachuelo. No existían cascos, equipamiento especial ni sofisticados trineos. A veces bastaba una tabla, un plástico resistente o cualquier objeto que pudiera deslizarse.

También estaban las lagunas congeladas. La del Pudeto y la del Parque María Behety se transformaban en puntos de encuentro para patinar, caminar sobre el hielo o deslizarse en trineo. Eran escenas habituales de los inviernos de hace dos o tres décadas, pero que hoy prácticamente han desaparecido. Las temperaturas ya no permiten con la misma frecuencia que las lagunas se congelen de manera segura, y aquellas postales quedaron guardadas en la memoria de quienes alcanzaron a vivirlas.

La nieve tampoco era motivo suficiente para suspender las clases. Tenía que existir una emergencia verdaderamente complicada para que los establecimientos cerraran sus puertas. Aunque cayera una gran cantidad de nieve, había que levantarse más temprano, abrigarse y comenzar el camino hacia el colegio.

Las micros muchas veces no pasaban y viajar en colectivo era un lujo, por lo que caminar era parte de la rutina. La ciudad se recorría entre verdaderos pasillos abiertos en la nieve por el paso constante de las personas. No existían los despliegues actuales de sal y despeje, así que cada peatón iba construyendo, casi sin darse cuenta, una pequeña huella colectiva.

Llegar al colegio también tenía su recompensa. Los recreos se transformaban en guerras de bolas de nieve y las chaquetas, los zapatos y los guantes terminaban completamente mojados. No había prendas térmicas de última generación. Se usaban guantes de lana que acumulaban nieve hasta quedar duros, congelados y pesados. Aun así, no parecía importar demasiado.

Después de clases tampoco se regresaba inmediatamente a la casa. Había que aprovechar la nieve con los amigos. Se construían monos, fortalezas y escondites, o simplemente se continuaba caminando y jugando hasta que el frío comenzaba a sentirse de verdad. Entonces llegaba uno a casa estilando, con las manos heladas y la ropa mojada, donde muchas veces esperaba el mejor premio de la jornada: un chocolate caliente.

Hasta llegar al Andino era una aventura. El camino no estaba completamente pavimentado y subir requería experiencia, cadenas en los neumáticos y una buena cuota de valentía. Arriba era frecuente encontrar vehículos cruzados o conductores intentando avanzar entre la nieve. Curiosamente, en el recuerdo pareciera que había menos accidentes que ahora. Quizás se manejaba más lento. Tal vez existía mayor respeto por la escarcha y por la certeza de que, durante el invierno, la calzada no perdonaba.

El Carnaval de Invierno también se vivía de manera distinta. Se desarrollaba por calle Bories y alrededor de la Plaza de Armas, protegido en parte por los edificios del centro y lejos del viento más directo de la Costanera. Las familias llegaban temprano para conseguir un lugar junto a la calle y ver pasar los carros alegóricos. Había menos espacio, pero esa misma estrechez generaba una sensación de cercanía. El calor humano también ayudaba a combatir el frío.

Cuando la nieve era demasiado intensa y la ventisca impedía salir, el panorama estaba dentro de la casa. La televisión ofrecía apenas algunas alternativas. Estaban TVN y Canal 13, conocido entonces simplemente como el canal católico. Los viernes por la noche se podía ver Videoloco y después Los Simpson. Los domingos en la mañana aparecía Cachureos, mientras que los sábados algunos niños, quizás matavamos el tiempo con los “monitos” en Televisión Nacional de Chile.

No había internet, teléfonos inteligentes, tablets, ni plataformas con miles de contenidos disponibles. Había juguetes, bloques Lego, dibujos, libros y cualquier objeto que pudiera convertirse en una historia. Uno debía ingeniárselas para no aburrirse. Y, de alguna manera, siempre aparecía algo entretenido que hacer.

Es posible que los niños de hoy hayan ganado muchas cosas. Tienen acceso inmediato a información, pueden comunicarse en segundos y conocen realidades que antes parecían demasiado lejanas. Pero esa misma ventana abierta al mundo también ha acelerado su contacto con problemas, preocupaciones y conflictos que otras generaciones conocieron más tarde.

La infancia de aquellos inviernos tenía quizás menos información, pero también una inocencia más prolongada. Había más tiempo para imaginar, para aburrirse un poco y luego inventar un juego. Había menos pantallas, pero más calles convertidas en pistas de trineo. Menos mensajes instantáneos, pero más amigos esperando afuera con una bola de nieve preparada.

Quienes no conocieron aquellos inviernos probablemente no sienten que les falte algo. No podrían extrañar una laguna congelada sobre la que nunca caminaron, ni los pasillos entre la nieve rumbo al colegio, ni el peso absurdo de unos guantes de lana endurecidos por el hielo.

Pero quienes sí lo vivimos reconocemos que algo cambió. La ciudad continúa enfrentando el invierno, aunque ya no de la misma manera. Hay menos nieve, menos lagunas congeladas y menos tardes completas jugando a la intemperie. El invierno de Punta Arenas hoy se vive de otra forma: sin tantos trineos, sin tantos monos de nieve, sin chocolate caliente esperando siempre al regreso, con menos guerras de nieve y mucho más WhatsApp.

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