Magallanes

¿De verdad no basta con poner semáforos en el mal llamado “Cruce de la Muerte”?

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Durante años, los puntarenenses han escuchado promesas, estudios, anuncios, reuniones y diagnósticos respecto del cruce de Avenida Eduardo Frei con Ruta 9. Lo que no han visto son soluciones concretas.

La reunión sostenida esta semana entre el alcalde Claudio Radonich, el concejal Germán Flores y el seremi de Obras Públicas, Alejandro Marusic, dejó una conclusión tan clara como incómoda: después de años de conversaciones, aparentemente no existe un proyecto avanzado para intervenir uno de los puntos más peligrosos de la ciudad. Mientras tanto, los accidentes siguen ocurriendo y el tristemente célebre “Cruce de la Muerte” continúa haciendo honor a un apodo que jamás debió ganarse.

Lo curioso es que la discusión parece haberse trasladado desde cómo resolver el problema a por qué no se puede resolver. Primero se habló de semáforos. Después se dijo que técnicamente no eran recomendables. Luego apareció la alternativa de una rotonda. Ahora sabemos que esa solución podría tardar entre cuatro y cinco años en concretarse. La pregunta es inevitable: ¿de verdad una ciudad debe esperar media década para intervenir un punto que lleva años generando preocupación ciudadana?

Nadie discute que una rotonda pueda ser una solución más eficiente en el largo plazo. Sin embargo, cuando las autoridades reconocen que la obra definitiva podría demorarse varios años, resulta legítimo preguntarse por qué las medidas de mitigación temporales parecen transformarse en una discusión técnica interminable. El propio concejal Flores valoró que exista disposición para evaluar acciones transitorias mientras se avanza en una solución definitiva, precisamente porque el problema de fondo son los tiempos.

Lo preocupante no es que existan diferencias técnicas. Lo preocupante es que la ciudadanía recibe señales contradictorias. Un día se informa que los semáforos avanzan; al siguiente, que están descartados. Se anuncia financiamiento, pero después se descubre que no hay proyectos ingresados. Se habla de soluciones definitivas, pero sin cronogramas claros. En política pública, la incertidumbre también tiene costos.

Quizás el verdadero problema no sea si la solución es un semáforo o una rotonda. Quizás el problema es que el debate lleva tantos años que los vecinos ya no piden una obra perfecta: piden una obra posible. Porque cuando un cruce acumula accidentes y preocupación ciudadana, la pregunta deja de ser qué infraestructura es la ideal. La pregunta pasa a ser cuánto más estamos dispuestos a esperar.

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