Magallanes

Las redes que sostienen al adulto mayor

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Por: Ramón Lobos Vásquez.
Médico Geriatra y Paliativista

En otras columnas hemos señalado que son centrales —en el buen envejecer— las actividades que cada persona mayor debe realizar para su propio bienestar. El envejecimiento es una tarea individual, que debe desarrollarse en los aspectos físico, mental y emocional, junto con una adecuada participación social. Todo ello requiere un ambiente protegido.

Antaño, esta tarea era una obligación que asumía la familia extendida, tan habitual en nuestra sociedad. Los abuelos eran parte fundamental del hogar, pieza clave en el cuidado de niños, niñas y adolescentes; y, en etapas avanzadas del envejecimiento, la familia retribuía con su cuidado. Sin embargo, nuestra sociedad cambió: la familia tradicional o extendida —en la que convivían varias generaciones bajo un mismo techo— dio paso a nuevos tipos de familias y diversas conformaciones. En este cambio, muchas personas mayores quedaron al margen, viviendo su vejez en soledad o solo acompañadas de sus parejas, lejos del entorno protector que ofrecía la familia extendida.

Surge así una inquietud de difícil respuesta: cuando las familias se constituyen de formas distintas, los abuelos directos de niños y jóvenes no siempre forman parte de las nuevas familias o relaciones. No son considerados, y con ello se pierde el efecto protector familiar, siendo sustituido únicamente por los vínculos comunitarios que las personas mayores logran desarrollar. Por eso, hoy cobra relevancia la participación en grupos comunitarios, de acuerdo con los intereses de cada uno, las ofertas disponibles en el territorio y el empoderamiento de los mismos mayores como gestores de su envejecimiento. Resulta esencial que estén ligados a actividades sociales y culturales diversas, estimulantes y acordes a sus necesidades. Está demostrado que esta estimulación psicosocial retrasa el proceso de envejecimiento, aunque no lo detenga.

Cuando los requerimientos y la red de apoyo de una persona mayor se vuelven frágiles, se hace necesario un cuidador que asuma el rol de proveer servicios y protección. Este papel, mayoritariamente, lo ejercen las mujeres: esposas o hijas que se hacen presentes en la vida de sus parejas o padres. Pero aquí surge una gran falencia del Estado: cada persona mayor es un mundo de necesidades y requerimientos, y el conjunto de dispositivos sociales y de salud está muy lejos de cubrirlos adecuadamente. Frente a la creciente demanda, existe el riesgo de que la red de sostén y cuidados claudique y pierda funcionalidad, generando escenarios más complejos y difíciles de abordar desde lo social o sanitario.

El Estado chileno es ineficiente en estos aspectos. En una etapa de tantas necesidades resulta central articular diversas respuestas que permitan dar solución a las problemáticas de las personas mayores. Cada dispositivo social o sanitario cubre solo una parte, y falta una necesaria articulación del trabajo sectorial. Esto no ocurre, ya que no existe una institucionalidad fuerte que asegure un funcionamiento coordinado. Experiencias que en otros países se ejecutan con éxito, en Chile no han logrado implementarse.

La tónica actual es que la red golpea numerosas puertas en busca de respuestas para las personas mayores. En esta etapa, la calidad de la vejez depende de la capacidad de esa red para articular soluciones. No existe una atención adecuada y oportuna garantizada solo por el hecho de ser mayor, sino por los esfuerzos que deban realizarse para conseguirla.

En el intento, muchos cuidadores claudican y se agotan. Es frecuente que enfrenten sentimientos de depresión o ansiedad ante la falta de respuestas del Estado. Se hacen esfuerzos por apoyar a los mayores, pero son insuficientes, poco articulados y fuera de la dimensión que realmente se requiere. Cada dispositivo actúa en su propio ámbito, sin que la persona avance hacia un sistema de cuidados progresivo y ajustado a la complejidad de sus necesidades.

A mayor necesidad, más complejo resulta proveer cuidados. Esa es la gran deuda pendiente con las personas mayores. Hoy, más que una “etapa dorada”, la vejez se vive en medio de crecientes y progresivas dificultades que no están resueltas. El tiempo de planificar, implementar y desarrollar acciones ya no es mañana, sino hoy. Al menos se lo merecen, por los esfuerzos realizados a lo largo de su vida en beneficio de este país. Ellos fueron parte del desarrollo que hoy disfrutamos y merecen una verdadera retribución de la sociedad. Es más que urgente hacerlo.

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