Magallanes

Adolescencia en Pantalla: Un Espejo Incómodo que No Podemos Ignorar

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Por: Jonathan Cárcamo Gómez
Profesor diferencial y concejal por la comuna de Punta Arenas.

La nueva serie Inglesa  Adolescencia, recientemente estrenada en Netflix, ha irrumpido en nuestras pantallas como un grito que nadie quería escuchar, pero que todos necesitábamos oír. No se trata solo de un drama televisivo. Es un retrato descarnado, casi documental, de una generación que crece entre pantallas iluminadas y afectos apagados. Mientras acumula visualizaciones y se convierte en tendencia, deja en el aire una pregunta que incomoda: ¿cuánto estamos realmente viendo —y escuchando— a nuestros adolescentes?

La serie presenta con crudeza las crisis silenciosas que viven miles de jóvenes: la ansiedad constante, la soledad disfrazada de independencia, la presión social, la exploración de su identidad, la necesidad de pertenecer a cualquier costo. Con actuaciones que duelen por su realismo, se convierte en una ventana hacia las salas de clases, los grupos de WhatsApp, los cuartos cerrados durante largas noches que a veces los adultos no saben (o no quieren) entender.

En un país donde uno de cada cuatro adolescentes presenta síntomas depresivos, según cifras del INE 2023, y donde el suicidio adolescente ha aumentado un 30% en la última década, como alertó el Minsal en 2024, esta producción no puede ser vista solo como entretenimiento. Es una llamada de alerta urgente, una invitación a mirar lo que ocurre en silencio dentro de muchos hogares.

Quizás uno de los aspectos más potentes de la serie es cómo muestra la desconexión entre adultos y adolescentes. Esa brecha emocional que se disfraza de normalidad con frases como “son cosas de la edad” o “¿qué problemas vas a tener tú?”. Adolescencia pone en pantalla escenas que nos obligan a dejar de mirar hacia otro lado: un adolescente que sonríe en la cena familiar mientras oculta cortes en sus brazos; una joven que busca en redes sociales la validación que no recibe en casa; padres que, sin mala intención, han confundido “dar cosas” con “dar tiempo”.

La serie no sólo refleja, también interpela. Nos empuja a cuestionarnos sobre la salud mental sin tabúes, sobre el rol de las redes sociales como refugio y veneno al mismo tiempo, sobre esta paradoja de jóvenes hiperconectados pero profundamente solos. En cada episodio hay una urgencia: hablar, preguntar, escuchar sin juzgar.

¿Estamos preparados para sentarnos a la mesa y hablar de salud mental con la misma naturalidad con la que preguntamos por las notas o la comida del día? ¿Sabemos realmente qué consumen nuestros hijos a las tres de la mañana en TikTok? ¿Podemos detectar cuándo el aislamiento deja de ser una fase y se convierte en un grito de ayuda?

Adolescencia no da respuestas fáciles. Pero sí enciende luces. Nos recuerda que una pregunta sincera, hecha a tiempo, puede marcar la diferencia. Que observar los cambios de humor, el insomnio, la desconexión, no es exagerar: es cuidar. Que la terapia psicológica no debe ser el último recurso, sino una herramienta tan cotidiana como una consulta al dentista.

La serie pasará, como tantas modas en streaming. Pero el mensaje que deja no puede diluirse con el algoritmo. Como sociedad, tenemos tareas urgentes. Llevar la salud mental a las escuelas con presencia real, no solo como talleres esporádicos. Incluir la educación emocional desde la infancia, para que los niños aprendan a ponerle nombre a lo que sienten. Y, sobre todo, volver a ser padres presentes, no solo proveedores. Apagar nuestros teléfonos, dejar de lado la prisa, y conectar.

Adolescencia termina, pero la vida real sigue. Detrás de cada joven “difícil”, de cada adolescente silencioso, hay una historia que merece ser escuchada. La pregunta ya no es si la serie te gustó o no. La verdadera pregunta es: ¿estás dispuesto a escuchar lo que tus hijos aún no se atreven a decir?

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