Asistente judicial de profesión, reportero de oficio y fotógrafo de corazón.

Nicolás Ulloa: La falta de empatía de un “brillante”

De todo se ve hoy en día en redes sociales. Algunos grupos de Facebook se han convertido en verdaderos paredones de fusilamiento digital, por lo que ya no es novedad ver las denominadas “funas” como reclamo y ajusticiamiento colectivo.

Sin embargo, ayer una publicación en dicha plataforma  llamó mi atención y, honestamente, me molestó profundamente, la dejaré al final de esta nota para que puedan verla.

En dicha publicación, una profesional de la salud daba cuenta públicamente que alguien, se desconoce quién fue el “brillante”, tiró a la basura, a metros del consultorio Mateo Bencur, dos bolsas de lácteos y dos bolsas de suplemento alimenticio para adulto mayor, productos que gratuitamente se les entrega a nuestros abuelos, para que puedan suplir, de alguna manera, el déficit nutricional que significa subsistir con paupérrimas pensiones.

La primera pregunta que me surgió fue: ¿Quién se da el trabajo de ir al consultorio, retirar la leche, salir, avanzar un par de pasos y botarla a la basura? ¿No era más fácil no ir a retirar la alimentación? ¿No era menos cuestionable llevarlo hasta la casa y desecharlo allí? ¡¿No se le pasó por la cabeza que, si no lo quería, podría haber algún abuelito que sí podía necesitarlo?!

Hice las consultas en el Cesfam Mateo Bencur, y además de encontrar una justificada molestia de parte del equipo profesional, al no entender la manera tan irracional de actuar de un usuario desconocido, pude corroborar lo que me temía. En caso de que alguien no quisiera su leche o alimento, lo puede dejar para que otro abuelo, que sí lo necesita o que sí le gusta, pueda llevarlo y aprovecharlo.

Chocante resulta la realidad cuando te abofetea el rostro, mostrándote con actos como éste la falta de empatía que se está dando en nuestra comunidad; cómo resulta más fácil desechar alimentos que dárselos a un tercero que puede, y es muy probable, no tenga la posibilidad de adquirirlo por su cuenta.

¿Qué nos pasó? ¿En qué momento dejó de importarnos lo que le sucede a la persona del lado?

No pretendo ser un paladín ciudadano, pero qué bueno sería que volviésemos a pensar en los demás, y no sólo en aquellos que ubicamos, sino también en esos anónimos que existen, que sienten, aman, lloran y sufren igual que uno, y que no hemos tenido el privilegio de conocer.

Las opiniones vertidas en este espacio son responsabilidad de quienes las emiten, y no representan necesariamente el pensamiento, creencia o criterio de El Magallánico. No obstante, son valoradas, respetadas y aceptadas con una mirada pluralista abierta al diálogo y al entendimiento del cual se ha nutrido históricamente la región con la diversidad de nuestra gente.
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