Mi primera vez en el Pathagon…

Hacía mucho tiempo que no viajaba a la vecina orilla en un ferry. Estaba nervioso, lo reconozco. Mi última experiencia había sido en el Crux Australis de la Transbordadora Austral Broom, y había sido bueno… pero nada borrará mis memorables viajes en la “albi-carmín” Melinka. Otras son las condiciones ahora, los tiempos, el espacio, la comodidad y la espera, han cambiado muchas cosas, y en su mayoría para mejor.

El motivo de mi travesía era participar del Asado Más Grande de Tierra del Fuego, una actividad memorable organizada por la Municipalidad de Porvenir que, desde el punto de vista del visitante como yo, ofrece una oportunidad inmejorable para disfrutar de la gastronomía tan típica de la Patagonia, ya sea en Chile o Argentina.

Casi como un novato, después de más de 6 años de no realizar el viaje entre Punta Arenas y Bahía Chilota a través del Estrecho de Magallanes, llegué al remozado embarcadero de Tres Puentes. Ahora hay un terminal “a todo cachete”, espacioso, con cafetería y calefaccionado, ni comparado a la garita que existía hacía una década, que más parecía carro de completos que boletería.

Había mucha mucha gente. “Debe ser por la fecha” -me dije a mí mismo-, y ciertamente, después lo corroboré al saber que más de 2.500 personas viajaron ese sábado (10 de febrero) en el imponente Pathagon. Así que, como era de esperarse, tuve que hacerme el ánimo y ponerme a la fila.

Noté que había molestia, impaciencia y algunos reclamos, muchos llegaron pensando encontrar su boleto sin dificultad, pero la reserva y la alta demanda le pasó la cuenta a varios, que se fueron furibundos al no poder viajar al encuentro folclórico. Y yo pensando en el cordero asado, los podía entender.

Después de un rato largo, ticket en mano, nos subimos al auto y nos pusimos a la “cola” para abordar. Sin embargo, justo antes de ingresar al inmenso navío, un joven de casco blanco nos detuvo y nos dijo que sólo el chofer subía en el vehículo. El resto “a patita nomah”… “¡Que lata!” –pensé-. Pero ya estábamos en esa y al parecer, es por una regla de seguridad marítima… había que obedecer.

Poco tiempo pasó hasta que zarpó el ferry. Yo adentro del auto miraba por los costados cómo se iba haciendo chiquita mi querida Punta Arenas. Pero al mismo tiempo, iba afilando los colmillos para lo que se venía. Me gustó eso de que, en la segunda planta, desde la comodidad de tu auto, puedes ir viendo el paisaje. Lo encontré “chori”.

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Lueguito me aburrí, así que me fui a recorrer el Pathagon, la “joyita” de Tabsa, y me encontré con la grata sorpresa de un salón de pasajeros que ya lo hubiese querido yo en mi juventud, cuando iba a trabajar “al otro lado del charco”. ¡Había sillones, sillones!, y a mí que me había tocado viajar en asientos plásticos, y eso si tenía suerte de agarrar un puesto. Ahora, es otra cosa.

Una cafetería impecable, que me hizo imaginarme que iba en un crucero, pero de la cual no pude probar nada, ya que, la verdad, me dio flojera hacer la fila… había muchas personas ansiosas por alguno de los manjares.

El mar se portó como un caballero. Parece que sabía que yo hace rato que no lo visitaba, y en un abrir de ojos, ya estábamos llegando a Tierra del Fuego. Rápido, mucho más rápido que en el pasado, un agrado. Sabía que había mejoras, pero de verdad, no esperaba encontrarme con tanto. ¡Te las mandaste Pathagon! A ver cuándo me sacas a pasear de nuevo.

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